Perteneciendo al Mundo

Hubo una vez cuando el mar era azul como el cielo, cuando las nubes, blancas como algodón, flotaban, saludando desde las alturas.

Hubo una vez cuando los árboles eran tan altos que acariciaban las estrellas, rodeados de flores de vivos colores que se mecían con el viento. No tenemos viento en mi burbuja.

 

Me pregunto cómo se habrá visto, es difícil imaginar tantos vivos colores, el murmullo de los ríos o el cantar de las aves.

En un domo como el mío, hasta la tecnología tiene sus límites. No hay animales reales, no hay frutas naturales ni brisas cálidas, o al menos eso me dice mi abuela.

 

Me decía.

 

El gobierno no es nuestro enemigo, nos ama, nosotros lo amamos y le debemos toda la seguridad y comodidad que ahora poseemos. Todas las casas son iguales, las calles idénticas, estilos de vida donde no puedes notar diferencia. Todos somos amables unos con otros, por muy vacío que se sienta.

 

Ya no tenemos que preocuparnos de si habrá sol o lluvia, si pasaremos calor o frío, si comemos de más o de menos. Ya no tenemos que pensar. Las actividades han sido perfectamente automatizadas, los trabajos asignados y las vidas correctamente planificadas y en orden.

 

Pero no siempre fue así. El mundo de afuera nos hizo daño, la naturaleza nos estaba matando. Así lo mencionan en mi clase de historia, así lo dice el gobierno mientras juega a las cartas de nuestras vidas con su amigo el dinero. Son nuestros salvadores, el gobierno, la redención, el dinero y la tecnología. Estamos agradecidos.

 

A veces, cuando mi mamá no presta atención suelo caminar hasta el lugar secreto que compartía con mi abuela. Ella era una mujer llena de secretos.

Llegábamos juntas hasta el borde del domo.

— ¿Lo sientes?

Me decía con su voz calmada y con alguna otra emoción que no pude identificar.

— ¿Sientes el viento, escuchas las aves?

Yo siempre le decía no.

— ¿Puedes imaginar lo majestuoso que era? No, seguro que no. Me pregunto, ¿sería mejor de esta manera?

Lo normal era irnos después de sus usuales preguntas, llegaríamos a casa y la rutina volvería a comenzar. Pero ese día en especial fue diferente.

 

No dejaría de balbucear por tres minutos seguidos y después se sacaría un libro de la vieja bolsa que siempre llevaba colgando. O lo que yo imaginaba debía ser un libro, nunca había visto alguno en físico. Se veía desgastado y viejo, bastante viejo.

— Ven, acércate.

Y siempre he agradecido ese momento, porque aunque tenía miedo (ningún instructivo me preparaba para esta clase de situación),  me acerqué y descubrí un mundo increíble.

 

“Se llama albúm”, me dijo. Montañas tan altas que no alcanzaba a ver su cima, delicadas telarañas brillando por el rocío de la mañana, personas danzando, familias abrazándose, grandes ciudades y pueblos hogareños. Estaba completamente deslumbrada pero… ¿todo eso alguna vez había existido en realidad? ¿Por qué no lo podía apreciar en mi burbuja?

Me hacía sentir triste, molesta e indignada, pero sobre todo eso culpable.

— ¿Por qué me muestras esto?

Entre lágrimas reclamaba la suave ignorancia que me había acompañado toda mi vida.

— Este es tu hogar, es parte de ti, así como tu eres parte de algo más grande.

Con voz solemne me respondió, y en un impulso le grité muchas cosas que no recuerdo en este momento, nunca creí poder entender las razones con las que tomó la  decisión de abrirme los ojos, de desatar toda una clase de emociones que jamás había experimentado en mi rutinaria existencia.

 

Todo estaba mal. El gobierno y mi abuela estaban mal. Él, ella, nosotros también.

Es difícil imaginar algo imposible

El gobierno sabía lo difícil que era, así que tomaba la libertad para decidir que era imposible y que no, en aquella pequeña burbuja de ilusiones. El mundo de mi abuela era imposible. Lo imposible era malo.

 

Llegué al grado de querer negarlo por completo, ¿cómo sería parte de un mundo al que le hice tanto daño? ¿Tengo derecho a amarlo? ¿A llorar por él? ¿A luchar por él?

Por un tiempo evité a mi abuela y a nuestro secreto. No había nadie con quien pudiera compartirlo, como si ser consciente de ello creciera una distancia entre ellos y yo. Me encontré sola. Hablé y hablé, intenté que alguien me escuchara, pero solo me oía la indiferencia y la ignorancia, hermanas que envenenan el alma de mis compañeros y seres queridos.

 

Me sentía sola, pero no lo estaba. Nunca lo estuve.

Decidí buscar a mi abuela en el lugar donde sabía siempre la encontraría, y cuando cruzamos miradas, después de tanto tiempo pude apreciar en sus ojos el viento, el mar , las aves y las flores… El anhelo de un mundo que no había visto. Pude verme como un reflejo de ese anhelo.

 

Descubrí entonces que ella tampoco había apreciado ese mundo, pero que su padre le había compartido las experiencias y fotos del mundo que alguna vez fue. Al parecer mi abuelo había sido un aventurado fotógrafo, que deseaba en su momento compartir todas la belleza del mundo con los demás que no lo podían apreciar por su ignorancia y apatía.  Aprendí que había esperanza y que tenía que luchar por algo mejor. Me llene de amor. Sentí que no habría nada que nos detuviera a mi abuela y a mí. Que, así como lo había hecho conmigo, despertaríamos a los demás poco a poco.

No contaba con que ese sería el último día que la vería.

 

“Murió”, “Se suicidó”, “Desapareció”. Fue un escándalo. Una oveja del rebaño había desaparecido y el gobierno no sabía cómo ni por qué. Aunque no duró mucho para que el gobierno decidiera que era mejor olvidar las penas. La causa. Olvidarla a ella.

Pero nunca olvidaré.

 

Con el álbum de fotos y cartas de mi abuela y bisabuelo abrazado al pecho, me dirijo una vez más a nuestro lugar secreto.

Creí que si volvía al último lugar donde estuvimos juntas, la encontraría como siempre, pegando su oído al domo, nuestra burbuja, que su abuela decía se vería mejor al desaparecer, como toda falsa ilusión.

 

Me acerqué, y cuando creí que era suficiente el tiempo que me había aferrado a ese recuerdo fue que lo sentí. Una pequeña brisa.

Fue en ese momento que pude ver pasar frente a mis ojos las flores, las nubes, los animales, el cielo y el mar. Muy dentro de mí lo supe, ella había regresado a donde pertenece. No me dejó sola ni desamparada, me dejó lista y preparada, para una misión que estaba dispuesta a cumplir.

 

Y es por eso que en este momento invito a alguien a que se acerque un poco más al borde, conmigo.

 

— ¿Puedes sentir el palpitar de tu hogar? Porque llora, llora por sí mismo y por los hijos que perdió. ¿Quieres saber por qué te sigue amando? Todavía hay tiempo para decir “Aquí estoy”.

 

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