El Reflejo del Espejo Impide que Desaparezcamos.

Emparedado.

   ¿Quién soy yo? Pregunta común a mi edad, pero en esta ocasión no lo tomaré como solamente una pregunta retórica que busca en el eco de mi conciencia encontrar una respuesta filosófica que valide mi nula identidad.

   ¿Dónde estoy? Fuera del contexto inmediato, mi objetivo es saber mi posición en el mundo de una manera fría y estadística, porque ya no debo poseer la ingenuidad de un infante, y porque la niñez no existirá lo suficiente para proteger las pocas lágrimas que me quedan.

   “La niñez es un artefacto social y no una categoría biológica. Nuestros genes no contienen instrucción alguna sobre quién es un niño y quién no lo es. […] Los niños son los mensajes vivos que enviamos hacia unos tiempos que ya no veremos.” (Postman, N. 1983).

   La sociedad me ha puesto una etiqueta al momento de nacer: “Clase media”, sello en mi frente que marca parte de mi rol en la comunidad. El nombre de los muros que me aprisionan. Existen tres clasificaciones principales que son Rico, Pobre y Medio (el emparedado). No puedo hablar por los demás, nunca me he considerado ni he sido pobre, y por la definición de la palabra, jamás he sido rica. La pobreza la conozco a través de la televisión, de las palabras de otras personas y de las advertencias que se comparten unos a otros para que te cuides las espaldas.

   ¿Qué significa? alguna vez pregunté, y mi padre me contestó esa vez, que el destino nos había marcado una misión, éramos responsables del equilibrio que poco a poco se perdía, no existiamos muchos, y tampoco teníamos tanto tiempo, entre los ricos que se reparten el mundo y los pobres que se lo tragan, somos el plato, la cuchara y la servilleta. Sentí terror. ¿Podría yo salvar al mundo? No lo entendía, veía gente como nosotros por todos lados, gente media ahí y allá, pero entonces noté cierta diferencia.

        La clase media sigue viviendo en estado de impostura, fingiendo que cumple las leyes y  que cree en ellas, y simulando tener más de lo que tiene; Está la clase media asfixiada por las deudas y paralizada por el pánico, y en el pánico cría a sus hijos (Galeano, 2000).

Hijos del pánico y caos, muchos de los míos, mis compañeros en la salvación del mundo cerraban los ojos, dejaban el bote y flotaban a la deriva en un lago de indiferencia que poco a poco consumía su razón y cordura. Temo al día que lleguen a ahogarse para convertirse en tiburones. Muchas veces quise hacer lo mismo, caer en mi propia perdición, en el suave toque de la ignorancia, pero no me lo permitían, y así yo tampoco. La culpa envenenaba mi sangre y mi garganta amenazaba con matarme antes que el agua. Decidí tomar los remos, en busca de más navíos, no vacíos pero llenos de la esperanza con la que encontraríamos el puente a un mejor mundo.


 

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